sábado, 20 de octubre de 2012

Kryon: Quien y el aula de la lección (parábola)

Nota: parábola extraída del libro 4 de Lee Carroll, "Las parábolas de Kryon".



Había una vez un humano a quien llamaremos Quién. El sexo de Quién no es importante para esta historia, pero puesto que no tienen una palabra ade­cuada para una persona de género neutro, lo llamare­mos el Quién humano, de modo que Quién pueda abarcar a todos los hombres y a todas las mujeres por igual. No obstante, y simplemente por motivos de traducción, diremos que Quién es él.
Como todos los humanos de su civilización, Quién vivía en una casa, pero a Quién sólo le importaba la habitación en la que vivía, porque era lo único real­mente suyo. Su habitación era bonita y era su tarea encargarse de que siguiera siéndolo, y lo hacía.
Quién vivía una buena vida; pertenecía a una civi­lización en la que cada vez que quería comida, había mucha. Nunca tenía frío, porque siempre tenía para protegerse. A medida que Quién crecía, aprendía muchas cosas sobre sí mismo. Aprendía qué cosas le hacían sentirse feliz, y encontraba objetos para colgar en la pared a los que pudiera mirar y sentirse feliz. Quién también aprendía qué cosas le hacían sentirse triste y aprendía cómo colgar esas cosas en la pared cuando quería estar triste. También aprendía qué cosas le hacían enfadar, y encontraba cosas que colgar en la pared a las que pudiera dirigirse cuando decidie­ra estar enfadado.
Como sucede con otros humanos. Quién tenía muchos miedos. Aunque tenía lo básico para vivir, tenía miedo de otros humanos y de ciertas situacio­nes. Temía que esos humanos y situaciones pudieran traer cambios, porque se sentía seguro y estable con la manera como eran las cosas, y había trabajado duro para llegar a ese estado. Quién temía las situaciones que parecían tener control sobre su estable habita­ción, y también temía a los humanos que controlaban esas situaciones.
Supo de Dios por otros humanos. Le dijeron que ser un humano era algo muy pequeño, y Quién lo creía. Al fin y al cabo, miraba a su alrededor y veía millones de humanos, pero un solo Dios. Le dijeron que Dios era todo y que él no era nada, pero que Dios en su amor infinito respondería a las plegarias de Quién si rezaba con sinceridad y actuaba con integri­dad durante su vida. Y Quién, que era una persona espiritual, pedía a Dios que los humanos y las situa­ciones a los que temía no crearan cambios y que su habitación pudiera seguir siendo igual -y Dios res­pondía a la petición de Quién.
Quién tenía miedo del pasado, porque de algún modo le recordaba cosas desagradables, y rezaba a Dios para que bloqueara esas cosas de su memoria —y Dios respondía a la petición de Quién. Quién tam­bién temía al futuro, porque contenía posibilidad de cambios y era oscuro, incierto, y escondido de él. Quién pedía a Dios que el futuro no trajera cambios a su habitación -y Dios escuchaba su petición.
Quién nunca iba muy lejos dentro de su habita­ción, porque todo lo que realmente necesitaba como humano estaba en un rincón. Cuando sus amigos venían de visita, éste era el rincón que les enseñaba, y estaba contento así.
Quién observó por primera vez un movimiento en la otra esquina cuando tenía unos 26 años. Se asustó mucho, e inmediatamente rogó a Dios que desapare­ciera, porque le hacía sentir que no estaba solo en su habitación y ésta no era una situación aceptable. Dios atendió la petición de Quién, y el movimiento paró, así que Quién dejó de tenerle miedo.
Cuando tenía 34 años, el movimiento regresó, y de nuevo Quién pidió que parara porque tenía mucho miedo. El movimiento paró, pero no antes de que Quién viera algo que había nunca había visto antes en la esquina: ¡otra puerta! En la puerta había una extraña escritura, y Quién tuvo miedo de sus implicaciones.
Quién preguntó a los líderes religiosos sobre la extraña puerta y el movimiento, y le advirtieron que no se acercara allí, porque dijeron que era la puerta de la muerte y que sin lugar a dudas moriría si su curio­sidad se convertía en acción. También le dijeron que la escritura en la puerta era malvada y que nunca debía volverla a mirar. En cambio, le animaron a que participara en un rito con ellos y a dar su talento y ganancias al grupo; y que haciendo esto, le iría bien.
Cuando Quién tenía 42 años, el movimiento regresó. Aunque Quién esta vez ya no le tenía miedo, de nuevo pidió que parara, y paró. Dios era bueno por responder tan rápida y completamente. Quién se sin­tió fortalecido por el resultado de sus plegarias.
Cuando Quién tenía 50 años, enfermó y murió, aunque no se dio realmente cuenta de ello cuando sucedió. De nuevo vio el movimiento en la esquina y volvió a pedir que parara, pero en cambio se hizo cada vez más claro y cercano. Asustado, Quién se levantó de la cama para descubrir que su cuerpo terrenal se quedaba allí, y que él se encontraba en forma de espíritu. A medida que el movimiento avanzaba hacia él, Quién empezó a reconocerlo en cierto modo. Sentía curiosidad en vez de miedo, y su cuerpo espiritual parecía natural.
Quién vio entonces que el movimiento eran real­mente dos entidades que se acercaban. Las figuras blancas, a medida que se situaban más cerca, brillaban como si tuvieran luz en su interior. Finalmente, se quedaron delante de él, y Quién se sorprendió por su majestad, pero no tuvo miedo.
Una de las figuras habló a Quién y dijo:
-Ven, querido, es la hora de marchar. La voz de la figura estaba llena de gentileza y fami­liaridad. Sin dudarlo, Quién se fue con los dos. Estaba empezando a recordar lo familiar que era todo mien­tras miraba hacia atrás y veía su cadáver aparente­mente dormido en la cama. Se sentía lleno de un maravilloso sentimiento que no podía explicar. Una de las entidades tomó su mano y le dirigió directa­mente hacia la puerta que tenía la extraña escritura. La puerta se abrió, y los tres pasaron por ella.
Quién se encontró a sí mismo en un largo pasillo con puertas a otras habitaciones a cada lado. Pensó para sí mismo, ¡esta casa es mucho mayor de lo que yo pensaba! Quién vio la primera puerta, que tenía más escrituras extrañas. Habló a una de las entidades blancas:
-¿Qué hay tras esta puerta de la derecha? Sin decir palabra, la blanca figura abrió la puerta e indicó a Quién que entrara. Al entrar, Quién se quedó estupefacto. Amontonadas desde el suelo hasta el techo, ¡había más riquezas que en sus más locos sue­ños! Había lingotes de oro, perlas y diamantes. Sólo en una esquina, había suficientes rubíes y piedras pre­ciosas para un reino entero. Miró a sus compañeros blancos y brillantes y les preguntó:
—¿Qué es este lugar? El más alto respondió:
—Ésta es tu habitación de la abundancia, por si hubieras querido entrar en ella. Sigue perteneciéndote y seguirá aquí para ti en el futuro.
Quién estaba sobrecogido por esta información. Cuando regresaron al pasillo. Quién preguntó qué había en la primera habitación de la izquierda; otra puerta con una escritura que estaba empezando a tener cierto sentido. Al abrir la puerta, la figura blanca dijo a Quién:
—Ésta es tu habitación de paz, por si querías usarla.
Quién entró en la habitación con sus amigos, y se encontró rodeado de una niebla blanca y espesa. La nie­bla parecía estar viva, porque inmediatamente revistió su cuerpo y Quién empezó a inhalarla. Estaba desbor­dado de comodidad, y sabía que nunca volvería a sentir miedo. Sintió paz donde nunca antes la había habido. Quería quedarse, pero sus acompañantes le animaron a continuar, y siguieron andando por el pasillo. Había aún otra habitación a la izquierda.
-¿Qué es esta habitación? —preguntó Quién.
-Este es un lugar donde sólo tú puedes entrar —dijo la figura más pequeña.
Quién entró en la habitación e inmediatamente se llenó de una luz dorada. Sabía lo que era. Era su pro­pia esencia, su iluminación, su conocimiento del pasado y del futuro. Este era el almacén de paz y amor de Quién. Quién lloró de alegría, y se quedó allí absorbiendo verdad y comprensión durante mucho tiempo. Sus acompañantes no entraron, eran pacientes.
Finalmente, Quién salió de nuevo al pasillo. Había cambiado. Miró a sus acompañantes y los reconoció.
—Sois los ángeles-guías -afirmó.
—No, -dijo el más alto- somos TUS guías. Continuaron con perfecto amor.
—Hemos estado aquí desde tu nacimiento por una única razón: amarte y enseñarte la puerta. Tuviste miedo y nos pediste que nos fuéramos, y lo hicimos. Estamos a tu servicio en amor, y honoramos tu encar­nación de expresión.
Quién no sintió reprensión en sus palabras. Se dio cuenta de que no le juzgaban, sino que le honraban y sintió su amor.
Quién miró las puertas ¡y ahora podía entender la escritura! Mientras avanzaba por el pasillo, vio puertas marcadas como CURACIÓN, CONTRATO, y otra con la palabra alegría. Quién vio más de lo que deseaba, porque por todas partes había puertas con los nombres de niños aún no nacidos, e incluso había una que decía LÍDER MUNDIAL. Quién empezó a darse cuenta de lo que se había perdido. Y, como sí supieran lo que pensaba, los guías dijeron:
—No te lo reproches, porque es inapropiado y no rinde servicio a tu magnificencia.
Quién no lo comprendía del todo. Miró al final del pasillo hacia el lugar por donde había entrado y vio la escritura en la puerta, la escritura que al principio le había asustado. ¡La escritura era un nombre! Era SU nombre, su verdadero nombre... y ahora comprendió completamente.
Quién sabía la rutina, porque ahora Él recordaba todo, y ya no era Quién. Dijo adiós a sus guías y les agradeció su fidelidad. Se quedó parado durante un tiempo, mirándolos y amándolos. Entonces Él empe­zó a andar hacia la luz al final del pasillo. Ya había estado allí antes. Sabía lo que le esperaba en su breve viaje de tres días a la cueva de la creación para recu­perar su esencia; y luego, hacia el salón del honor y la celebración, donde le esperaban aquellos que le ama­ban muchísimo, incluso aquellos a quienes Él había amado y perdido durante su estancia en la Tierra.
Sabía donde había estado y sabía a dónde iba. Quién volvía a casa.

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